Últimamente no para de llover, parece como si el cielo se apiadara de mí. Me dice que no estoy sola y que desde lo más alto, también se llora.
Cierro los ojos y la oigo. Siento como la humedad y el frío me calan los huesos.
Me recuerda que todo rastro se borra con la suficiente agua. Cae gota a gota. La imagen es cada vez más débil. Cae el aguacero y ya no está.
En días como estos te solía cantar una canción, ambos sabemos cuál. Todavía la sigo cantando pero recuerdo que en el viaje después de la ruptura, iba con una amiga camino a casa y nos empezó a llover. Por inercia la comencé a cantar y pasó algo inaudito.
La siguió desde donde la dejé, la cantó conmigo.
Tú nunca lo hiciste.
Y algo cambió en mí.
Ahora, cada vez que llueve la vuelvo a cantar y, cuando la nostalgia del tiempo me lleva hacia ti, el viento que trae consigo el aguacero me arrastra hasta ese momento.
La lluvia borra tu recuerdo y el viento me empuja hacia delante.
Yo sigo caminando, empapada, pero ya no miro atrás.



