“Eres muy intensa”. Lo escuché por primera vez con ocho años, cuando no paraba de darle mimos a mamá. Lo volví a escuchar a mis 16, cuando me empezó a gustar un chico, pero no le valía mi forma de querer. Lo escuché a los 20, mientras lloraba, contando cómo me sentía. Y, hoy en día, lo sigo escuchando cuando me quiero expresar sin límites y, lo peor, es que yo misma me lo repito, como si esa frase fuera un eco dentro de mi mente que jamás se irá, que lo tiene aprendido como un mantra. Porque sentir mucho es vivir sin piel, y en un mundo que aplaude la contención, todo lo emocional incomoda.
Me han llamado intensa, dramática, exagerada, como si todo lo que sintiera tuviera que corregirlo. Pero no considero cómo siento como una de mis mayores debilidades, sino como una de mis fortalezas. Si no fuera por ello, no estaría escribiendo esto, ni jamás hubiera cogido de pequeña un cuaderno y un bolígrafo y hubiera empezado a vomitar todo lo que sentía en esos momentos. Jamás pediré perdón por sentir las cosas como las siento, ni por decirlas, ya sea en voz alta o escritas.
¿Por qué molesta tanto que las mujeres sientan con fuerza? Quizás porque quienes viven cómodos, en línea recta, con todo el control en las manos, no soportan que alguien les diga “esto que me has dicho, me duele” o “creo que no te importa lo suficiente”. Cuando Taylor Swift escribió All Too Well (que hoy en día sigo gritándola como el primer día en cualquier sitio donde esté), no solo hablaba de una ruptura, estaba recordando todo aquello que vivió, que sintió y que le dolió; aun así, sigue siendo una victimista.
Nos han enseñado que ser sensibles y llorar es de cobardes y perdedores, que no se debe decir “te quiero” demasiado pronto, como si yo controlara lo que siento por momentos y épocas y no por escenarios, olores, canciones o, simplemente, por todo aquello que me eriza la piel. Nos dijeron que la razón es la que manda y el corazón lo que molesta. Pero, ¿y si no somos demasiado? ¿Y si simplemente este mundo está diseñado para las cosas terrenales, planas y no para quienes habitamos las profundidades? No quiero ser parte de la tierra, quiero ser el aire que mueve los árboles que hay de camino al trabajo, la ola que hace que mi hermano se decida por fin a meterse al mar conmigo, el canto del pájaro que siempre despierta a mi madre de la siesta o el rayo de sol que entra por la mañana y hace que me despierte porque la noche anterior se me olvidó bajar la cortina. Quiero ser todo eso y más. No me vale ser lo que soy y lo que seré. No puedo simplemente existir.
Decido vivir desde mi historia, desde la herida, desde la resistencia. Ya no quiero disculparme más por llorar, por amar, por enfadarme, por decir lo que pienso, aunque me tiemble la voz porque nunca me han dejado expresarme sin temor a algo. Ya sea a la burla, al castigo o a la humillación.
No voy a seguir encogiéndome para caber en un molde que yo no construí. No soy intensa, solamente me niego a vivir de forma superficial y pasar por este mundo sin saborear todo lo que tiene para ofrecer.



