Siento que no disfruto el presente porque sigo tocando con los dedos la ventana de un recuerdo.
No es tan simple como echar de menos y ya, va mucho más lejos que eso. Es vivir con un pie en algo que ya no existe, pero a su vez, es como si el pasado fuera más seguro que todo lo que está por venir.
¿Y si la nostalgia, en lugar de doler, se ha convertido en el lugar donde más yo soy?
Por qué volvemos siempre al pasado
La nostalgia es refugio y a la vez condena.
Psicológicamente, es una forma de reencontrarnos con la sensación de que pertenecemos a algo. Cuando el presente me tambalea o me asusta el futuro, mi mente busca el camino más conocido: el recuerdo. Casi siempre me encuentro viajando hacia los mismos recuerdos. Yo paseando por el campo en bici con mi madre, yendo a jugar al parque con mi abuelo o, simplemente, somos mi bisabuelo y yo frente a la chimenea hablándole sobre planes de futuro donde no concebía que él no iba a estar.
Volver al pasado casi nunca lo hago de forma consciente. A veces lo hago cuando tomo una decisión importante y no tengo la certeza de qué pasará. Otras veces lo hago porque mi memoria sabe como mentirme. Idealiza lo que pasó, solo muestra las partes buenas y eso, por mucho que quiera, tampoco fue toda mi realidad.
Pero creo que antes todo era mejor porque era yo en mi versión más ingenua y menos miedica. Siempre tenía la convicción de que todo iba a salir bien.
La nostalgia es también una respuesta emocional a la pérdida. Ya no solo de personas, sino de versiones nuestras que ya no están. Y duele, pero también, como decía aquella frase que leí esta tarde (no recuerdo de quién, lo siento) «echar de menos es el privilegio de haberlos vivido».
Cuando la nostalgia se convierte en refugio en vez de en recuerdo
Hay días en los que mirar una foto vieja se siente como regresar a casa. Siempre que tengo un mal día miro la misma foto, me aventuraría a decir que es mi favorita. Mi bisabuelo y yo en nuestro corral cubiertos de nieve. También los recuerdos vuelven cuando voy caminando por la calle y reconozco un perfume, o cuando dejo la playlist en aleatoria y suena esa canción.
Confieso que siempre que visito a mis abuelos acabo haciendo lo mismo.
He abierto álbumes de fotos sabiendo que acabaría llorando, he ido a la antigua casa de mi bisabuelo y recreado cada momento. Ya no huele a él, pero me siento en el que era nuestro sofá y lo siento allí conmigo.
No siempre lo hago por masoquismo. A veces solo quiero recordarme que hubo momentos en los que no me dolía tanto ser yo.
Pero cuando ese refugio se convierte en casa permanente, algo se rompe. Porque el pasado no sostiene, solo nos abraza un segundo antes de empujarnos otra vez hacia adelante.
¿Puede ser sano vivir en la nostalgia?
Depende.
La nostalgia, en su justa medida, puede ser una fuente de conexión con nuestras raíces. Nos recuerda quiénes fuimos y qué cosas nos hicieron sentir vivas. Es memoria emocional, y sin memoria no hay identidad.
Pero cuando la usamos para evitar el presente, cuando nos anclamos más en lo que fue que en lo que es, deja de ser memoria y se convierte en prisión.
Vivir mirando atrás nos hace perder perspectiva, perdemos el camino que tenemos enfrente. Nos impide ver que, aunque el pasado tiene su atractivo, el presente también tiene promesas que hice (y les hice) que aún no se he cumplido.
Cómo convivir con ella sin perdernos por el camino
Deberíamos ver la nostalgia como nuestra brújula.
Nos muestra lo que echamos de menos, lo que una parte de nosotras sigue siendo. Si es en el pasado donde podemos encontrar nuestra calma, tal vez el mensaje no sea que deberíamos volver, sino buscar volver a sentir eso en el presente.
Quizás no eche de menos el pasado.
Echo de menos quién era cuando tenía esperanzas y pensaba que todo saldría según lo planeado.
Tal vez de eso se trata al final: de volver a sentirnos en casa dentro de nosotras mismas y encontrar nuestra paz sin necesidad de viajar siempre hacia atrás.



