“Por qué seguimos enamorándonos de quien no nos quiere: la culpa es de Hollywood (un poco)”

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Mi madre me tuvo muy joven, por lo que desde bien pequeña nuestras noches de cine se basaban en ver las nuevas películas románticas que estuvieran de moda. Crecí viendo como Edward abandonaba a Bella porque la amaba demasiado y era necesario para protegerla, como Patrick engañaba a Kat Stratford para que saliera con él y vayan juntos al baile para al final enamorarse o como Sandy se pasó casi toda la película peleando con Danny para después cambiar por él y terminar juntos.

Casi todas estas películas tenían el mismo desarrollo sentimental. A la chica le empieza a gustar el chico, el chico hace algo, ella sufre por él (lo que nos quieren indicar que por ello es amor verdadero), él recapacita o cambia por ella y terminan juntos.

Pero, ¿de verdad este es el amor que nos merecemos o queremos para alguien a quien queremos?

El mito del amor no correspondido como “romántico”

Cuando era más pequeña, no sabía diferenciar la realidad de la ficción. Estaba totalmente segura de que lo que pasaba en las películas, si yo lo hacía al pie de la letra, también me pasaría a mí. Es por eso por lo que en mi adolescencia me vi envuelta en relaciones sentimentales que no me convenían en absoluto.

Me flipaban los chicos malos porque son los que, gracias a mí y a mi amor, cambiarían por mí. También estaba segura de que, si insistía, lo conseguiría o que, si pasaba de mí, pero al salir de fiesta me veía hablando con otro, se daría cuenta en ese mismo instante que era yo. Spoiler: nada salió como esperaba.

Y ahora lo entiendo: estaba intentando convertirme en una musa.

Ese tipo de chica que tantas veces vi en las películas: misteriosa, especial, que “inspira” al protagonista a cambiar su vida, a sentir algo profundo, a descubrir quién es… pero que en realidad no tiene historia propia. Solo está ahí para que él evolucione. Nunca la escuchan, nunca le preguntan qué quiere.
Como Summer en 500 días con ella, a la que él idealiza desde el minuto uno, pero nunca intenta conocer de verdad.

Yo creía que, si me mostraba como las chicas que veía en televisión, él vería algo en mí que le haría cambiar. ¡Como si mi amor tuviera que salvarlo! Como si yo solo valiera la pena si lograba que él me eligiera. Estuve creyendo eso más tiempo del que jamás admitiré.

 Relaciones tóxicas disfrazadas de épicas

Durante años nos han vendido que las historias de amor más intensas son las que más duelen. Si hay celos, dependencia o rupturas cíclicas, mejor: eso significa que hay pasión. Pero, en realidad, muchas de esas relaciones que nos parecían épicas eran profundamente desequilibradas.

Piensa en Chuck y Blair (Gossip Girl), una pareja que se grita, se traiciona, se manipula, pero todo bajo el filtro de la estética y el lujo. O en Rue y Jules (Euphoria), donde la relación se tambalea entre la adicción y la codependencia, aunque nos la vendan con planos bonitos y música indie.

El problema es que muchas de estas dinámicas (control, celos, abandono emocional) se nos presentan como inevitables. Como si el amor real tuviera que doler.  Y claro, luego volvemos a la vida real y confundimos drama con deseo.

 ¿Y si dejamos de romantizar el abandono emocional?

¿Qué pasaría si dejáramos de aplaudir a los que no nos quieren bien? Si en lugar de llorar por el mensaje que no llega o esperar que «cambie por nosotras», empezáramos a valorar los vínculos tranquilos, donde nadie tiene que perseguir a nadie.

La buena noticia es que ya hay historias que rompen con la narrativa del amor que duele. En Jane The Virgin, por ejemplo, el personaje de Michael muestra un amor paciente, cómplice y emocionalmente disponible, sin dejar de ser interesante. En This Is Us, la pareja de Randall y Beth es un ejemplo de amor adulto, donde hay conflicto, sí, pero también respeto y comunicación. Incluso en Gilmore Girls, a pesar de sus clichés, nos regaló momentos en los que se hablaba de elegir a alguien no por lo que proyectamos en él, sino por cómo nos cuida de verdad.

Y si volvemos al cine, películas como Little Women (la versión de Greta Gerwig) o incluso Encanto, aunque no sean romances clásicos, hablan del amor desde un lugar mucho más sano, centrado en la identidad, el cuidado y el valor de ser una misma.

Necesitamos más ficciones que nos enseñen que el amor no debería doler, que no hace falta sufrir para merecer, que el verdadero drama es seguir conformándonos con migajas cuando podríamos tener una mesa llena.

Tal vez no podemos cambiar todo lo que aprendimos, pero sí podemos empezar a elegir distinto.

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