El cansancio invisible: Crecer en una generación agotada por dentro

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Hay días donde todo parece estar bien, en los que no me duele nada, pero no puedo levantarme de la cama.

Ayer no pasó nada malo, de momento parece que hoy tampoco, pero siento como el corazón se me sale del pecho.

Es un agotamiento que no se cura con frases motivaciones, con vacaciones o durmiendo doce horas seguidas. Es algo que me pesa en los hombros y me exprime el cerebro.

Crecer en esta generación (la que todo el mundo no se cansa de decir que es de cristal), es vivir entre nuestras expectativas y un mundo que parece que va a estallar en cualquier momento. Se dice que somos los jóvenes con más acceso a oportunidades, pero también somos los que estamos más cansados, más ansiosos y más solos.

LA GENERACIÓN DEL “TIENES QUE PODER CON TODO”

Nos criaron con las típicas frases de “quien quiere, puede” o “tienes que echarle más ganas si es lo que quieres conseguir”. Como si nuestro problema fuera la voluntad o la falta de ganas.

Crecimos en medio de una crisis económica y cuanto más entrábamos a la vida adulta y a la madurez no vimos claridad ninguna, solo vemos incertidumbre. Intentamos luchar por nuestros sueños y llevamos a cuestas unas expectativas en un mundo cada vez más incierto y pesimista.

Cuando era pequeña no paraban de decirme que sacando buenas notas y yendo a la universidad iba a ser mi salvación. Que, además, tenía que destacar y con eso sería imparable. Me siento engañada.

Siento la necesidad de desmentir todo esto. Nosotros solo estamos sobreviviendo como podemos y como nos dejan.

¿QUÉ SE SUPONE QUE TENGO QUE HACER?

Vivimos entre trabajos precarios y alquileres desbaratados. La mayoría de nuestros sueldos (y sueños) se van en el alquiler. Pero tampoco nos dejan ser propietarios.

Queremos trabajos donde podamos compaginar nuestra vida social, familiar y personal con la laboral, pero, cuando lo decimos, nos llaman vagos. Nos dicen que en su época era peor como si nosotros fuéramos las siguientes víctimas. Como si estuviera bien seguir en un sistema donde poder comprar una casa y tener buenos sueldos sonara a utopía o incluso a tiranía.

Nunca me harán sentir mal por pedir lo básico, por pedir que me dejen vivir. Porque estoy cansada solamente de sobrevivir. De sentirme culpable por comprarme una chaqueta que me gusta pensando si esa compra hará que tenga que comer arroz blanco una semana. O que debería haberlo ahorrado para en el futuro comprarme una casa.

Una casa que no sé si en 5 años seguirá subiendo el precio y me pidan de entrada Los huevos Fabergé.

Estoy cansada de sentirme culpable. De retrasar mis sueños. De no poder vivir.

Mis sueños no son tan grandes

Muchos de mis sueños han cambiado, otros se han desvanecido, pero solo uno se ha mantenido intacto.

Quiero tener mi propia casa, donde no tenga que devolver la llave cuando un contrato rescinda. Quiero llegar de trabajar y dedicarme tiempo a mí y a la gente que quiero. Quiero poder ver a mi familia, no tener que aprovechar mis vacaciones para hacer toda la lista de tareas pendientes que arrastro durante todo el año.

No pedimos mucho. Pedimos lo básico.

Progreso. Igualdad. VIVIR.

Ninguno somos Atlas para llevar el mundo a la espalda.

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