El duelo sin nombre

Duelo sin nombre

Este es el duelo sin nombre de muchas hijas:
cuando tu padre sigue vivo, pero nunca supo ser hogar.
Y tú te debates entre el amor que te habría gustado sentir
y la realidad de no haberlo tenido nunca cerca de verdad.

No hizo falta que se fuera: ya no estaba

Hay duelos donde no puedes llevar flores a ningún sitio.

Duelos sin fecha ni funeral.

Pero son los más silenciosos: los que se sienten en vida, cuando alguien a quien amabas todavía respira, pero ya no está contigo.

A veces no hay abandono físico, ni peleas, ni drama.
A veces simplemente no estuvo:
en tus tardes de infancia,
en los logros que conseguiste y que, al girarte, no estuviera ahí,
en los días que necesitabas sentir que alguien te veía y te quisiera por como eras.

Tu padre puede estar a tan solo unos kilómetro
y, aun así, sentir como si estuviera en un planeta lejano.

El dolor de no saber qué duele

Perder a un padre que sigue vivo es un dolor extraño.

Es mirar su rostro y reconocerlo sin sentirlo hogar.

No saber cómo suena ya su voz, si sigue ronca de fumar, si sigue diciendo las mismas palabrotas y los mismos chistes verdes de siempre. 

O si ha cambiado. Y sería doloroso saber que sí. Porque no fue por mí, no por nosotros, sino por algo externo a un vínculo que creía irrompible.

No es una pérdida que puedas explicar fácilmente.
Porque nadie te lo confirma.
Porque te repiten que «tienes suerte de que al menos esté ahí»,
aunque ese ahí haya sido siempre tan frío, tan silencioso, tan poco padre.

Cuando no se valida este tipo de pérdida, el vacío se queda flotando en tu interior.
Te vuelves más insegura.
Más autoexigente.
Más cuidadora de los demás que de ti misma.
Porque sin darte cuenta, sigues esperando que alguien te vea, te escuche, te abrace como él no supo hacerlo.

Lo que pasa cuando no haces el duelo

No existe manual para esto. La gente a veces no entiende el por qué lloro si mi padre está en alguna parte del mundo. Podría llamarlo o tocar a su puerta. Pero es más difícil que todo eso.

Este duelo lo describiría como caminar por una casa desconocida, a mirar fotos de tu infancia y preguntarte en qué momento cambió todo, qué pasó o qué pudiste hacer para remediar todo aquello. En qué momento aquel superhéroe usó su capa para salir volando en vez de arroparme y protegerme con ella.

Que ambición u objetivo no casaba con ser padre, con no poder incluirme en ello.

Es algo silencioso, lleno de recuerdos que duelen más que consuelan.

He pasado casi toda mi vida sin nombrarlo, sin hablarlo con alguien de forma seria. Tan solo lo hago desde el humor, desde una capa que yo misma me construí para protegerme, irónicamente, de él. Pero no se lo digas a nadie, necesito seguir siendo graciosa.

Y, ahora, en medio del dolor de escribir esto, creo que hay algo de sanación.

En aceptar que ellos también son humanos, que a veces nuestros padres no saben amarnos como necesitamos. Como persona lo entiendo, como hija no.

A veces, cuidar de ti misma significa poner distancia, aunque nos duela.

Siempre lo tendré presente porque hay ausencias que aún nos respiran en la nuca cuando bajamos la guardia. Pero aprender a vivir con ellas es la forma también más silenciosa de valentía.

4 comentarios en “ El duelo sin nombre”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *