Llevo toda mi vida esquivándolo, buscando fuera las claras señales para huir de ahí o ni siquiera acercarme. Observaba todo el tiempo los gestos ajenos, sus tonos de voz, las formas de actuar cuando se enfadaban que enseguida me ponían alerta. Creía que, si lo encontraba a tiempo, podría conseguirlo y romper con el patrón. Deshacerme de esa figura para siempre en mi vida.
Lo que no sabía es que lo llevaba conmigo.
Lo busqué en otros cuerpos, en otras manos, en miradas que se endurecían conforme el tono de voz iba subiendo. Miradas que paralizan más que lo que escuchas (y mira que son inevitable escucharlas). Y mientras tanto, no veía que cuando me enfado me tiembla todo el cuerpo. El cuerpo se me adelanta y reacciona antes de que sea consciente
.Es entonces cuando me tocó enfrentarme a la verdad más dolorosa de todas. Que quizás llevaba buscando fuera lo que, sin darme cuenta, había adoptado dentro de mí.
Me di cuenta que no sé frenar mis impulsos y en otras, en cambio, intento huir del conflicto tanto como puedo. No sé cómo explicarle a mi cuerpo que solo estamos poniendo límites y no frente a una amenaza real que atenta contra mi vida.
También lloro cada vez que intento explicarme. No lo puedo evitar, las palabras se mezclan con el miedo que tengo desde que tengo uso de razón. Como si hablar fuera peligroso.
Quizás por eso me volqué en la escritura.
También hay sonidos que me llevan directamente a mi infierno personal. Portazos, gritos de la calle pero que los siento entre mis cuatro paredes, sirenas que atraviesan mis ventanas y ese sonido a mí. Todavía a veces tiemblo cuando veo una ambulancia corriendo, como si fuera a por algo que es mío.
Y entonces, aquella tarde de invierno, con una taza de té en la mesa y yo tumbada en mi sofá me di cuenta. No estaba buscando a alguien violento para poder esquivarlo y por fin poder romper el patrón, sino que reconocí esa parte de mí que siempre ha vivido en estado de alerta.
Pensé que el miedo que sentía era hacia los otros. Que mi uno de mis mayores miedos tenía nombre y apellidos y paseaba por algún lugar del mundo sonriente, pero, al final, descubrí que aquello de lo que huía era de mí misma o, mejor dicho, la versión de mí que aprendió a sobrevivir así, de la única forma que sabía.
No soy la rabia, pero la cargo
No soy el miedo, pero me habita.
Y quizás todo esto no se trata de expulsarlo todo, de vomitarlo de la misma manera que cuando tienes una intoxicación alimentaria. Esto es más desagradable y no tan fácil.
Se trata de aprender a sostenerme cuando todo esto aparece. De dejar de buscarlo fuera y, desde dentro, aprender a cuidar esa parte de mí. A que aprenda que ya pasó todo, que ahora estamos a salvo y no hay que estar alerta.
Aún me queda un largo camino por recorrer, pero que alivio y que esperanzador, ¿no?



