Hay lugares que no elegimos del todo, parece como si por arte de magia nos hubieran elegido a nosotros.
Para mí, uno de esos lugares siempre han sido los balcones. Siento cierta atracción hacia ellos. Cada vez que voy caminando por la calle me es inevitable fijarme en cada uno de ellos, en su decorado, sus flores, su abandono o la vida que tiene.
Es uno de esos sitios que parecen una frontera dentro de nuestra propia casa. Está el adentro donde nos resguardamos pero el mundo de afuera que parece que nos llama todo el rato. Cuando salía a mi balcón era como si el tiempo fuera más lento y, ahí, apoyada en la barandilla y con el aire meciéndome aprendí a mirar más allá de lo que me rodeaba y a recordar.
Los balcones son pequeñas tribunas donde observamos la vida sin tocarla. Desde ellos miramos el mundo pasar como si nos perteneciera un poco, aunque nunca del todo. Es el escenario perfecto para hacer volar mi imaginación. Inventarme historias de desconocidos que pasean por la calle, averiguar la personalidad y estilo de vida de mi vecino según la ropa que tiene tendida, para escuchar conversaciones que se filtran de la calla y para preguntarme cuántas versiones de mí misma hubieran existido si hubiera tomado cualquier otra decisión e, incluso, que hubiera pasado si hubiera bajado en otro momento a la calle.
A veces pienso que los balcones son también espacios de espera: no solo de quien mira hacia afuera, sino también de quien se mira hacia adentro. Porque en un balcón no hacemos gran cosa ni esperamos que pase y quizás por eso ocurre lo importante. Dejamos que nuestros sentimientos florezcan, ventilamos las dudas con el roce del aire y ese mismo hace que acariciemos un rato la nostalgia. Allí, una se da el permiso de no querer saber nada, de pararse y simplemente respirar.
Hay balcones donde se ha esperado a alguien que nunca llegó. Balcones donde se apoyaron los codos para ver si aparecía aquel mensaje que tanto esperábamos. Balcones donde la ciudad nos parecía que prometía algo algo más, a veces que nos daba una señal.
También están los otros balcones: los que guardan risas de verano, plantas que sobrevivieron milagrosamente, tormentas que nos obligaron a entrar corriendo, confesiones murmuradas entre amigas, cenas improvisadas con una vela y un vaso de agua que parecía vino solo por la luz cálida. Balcones donde no se esperaba a nadie, pero una se encontró a sí misma sin querer.
Quizás por todo eso me conmueven tanto.
Cuando pienso en los balcones donde una espera, pienso en esos momentos que no parecen valiosos hasta que con el tiempo los vemos con retrospectiva.
Un día me mudé y perdí el privilegio de disfrutar de mi balcón, aunque sé que algún día volveré a tenerlo. Ese pequeño espacio donde me permitía descargarlo todo con un simple suspiro. Me imaginaba que el viento se llevaba todo aquello por lo que suspiraba.
Disfrutad de vuestros balcones, yo mientras seré mi propio lugar seguro.



