Las versiones que fui: un recorrido suave por mis propias heridas

reflejos de una misma

A veces crecer emocionalmente no es avanzar hacia algo nuevo, sino volver a mirar con cariño a todas las versiones de una misma. Este texto es un recorrido suave, íntimo, para comprender de dónde vienen nuestras heridas y cómo pueden convertirse en parte de nuestra fortaleza.

Las versiones que fui también siguen conmigo

Hay momentos en los que una se mira al espejo y reconoce ese hilo, apenas perceptible, que une todas las versiones que he sido. Algunas se sienten familiares; otras, lejanas. Pero todos me habitan. Y todas buscan lo mismo: descanso, reconocimiento, un espacio donde no tengan que defenderse.

La niña que quería gustar.
La adolescente que confundía amor con intensidad.
La joven que pensó que pedir ayuda era fallar.

Cada una dejó un eco. Y aunque hoy ya no soy ninguna de ellas, siguen esperando que alguien (yo misma) les diga que ya me pueden soltar los hombros.

Leer las heridas como un mapa propio

Crecer emocionalmente implica aceptar que ninguna herida aparece por casualidad. Todas nacen de algún lugar: un silencio, un gesto, un abandono sutil, un miedo que se heredó sin querer.

Con el tiempo he ido descubriendo que mis cicatrices forman un mapa improbable pero precioso. No es perfecto, pero me cuenta la verdad: que sobreviví, que aprendí, que sigo caminando.

Y por primera vez, no quiero doblarlo para esconderlo.
Quiero leerlo sin culpa.

También existen versiones luminosas (y cuesta recuperarlas)

Entre tantas versiones rotas, a veces olvido las que brillaban.

La que reía sin pensarlo.
La que escribía sin miedo al juicio.
La que encontraba belleza en cualquier gesto cotidiano.

Creo que cuesta recuperarlas porque la vida nos enseñó que la alegría hay que ganársela.
Pero no.
La alegría es un derecho.
Y esas versiones luminosas siguen ahí, esperando a que vuelva a buscarlas.

Sentarme con mis versiones: un acto de reconciliación

Cuando imagino a todas mis versiones juntas, en una habitación tranquila, algo se dentro de mí se ablanda. No me piden explicaciones. No me reclaman la perfección. Solo me miran como si quisieran decir:

«Llegaste lejos. Nosotras fuimos el camino. Estamos orgullosas de ti».

Aceptar ese mensaje cambia algo profundo: deja de doler lo que fui.
Y empieza a emocionarme lo que puedo ser.

Crecer emocionalmente es integrar, no borrar

Llevo tiempo entendiendo que no se trata de elegir qué versión de mí merece quedarse.
Se trata de integrarlas a todas sin que ninguna tome el mando por completo.

La que fui me acompaña.
La que soy marca el paso.
La que será, está aprendiendo a respirar de nuevo.

Porque estoy descubriendo que sigo construyéndome.
Y que cada fragmento, incluso el que dolió, forma parte de esta mujer que está tratando de mirarse con suavidad.

Quizás este sea el verdadero crecimiento emocional:
no dejar de cambiar, pero hacerlo desde el cuidado.

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